El refuerzo de estereotipos en la validación nacional. El caso de Cartago y el Club Sport Cartaginés

Por: Juan Ignacio Mena Brenes

I. La previa

Inicio de transmisión

Nos delimitamos a partir del otro, lo hacemos deliberadamente o por instinto. La diferenciación es parte fundamental de la identidad. Nos identificamos como personas y como entidades colectivas, vía afinidades, y de este proceso no escapan los constructos de la nacionalidad. En el caso de la costarricense, es un hecho comprobado que el proceso se origina con la construcción del ideario nacional llevado a cabo por los liberales costarricenses desde finales del siglo XIX.

Estos construyeron una constelación del ser costarricense, con sus respectivos símbolos y con referentes culturales de progreso y educación. La noción idónea de Costa Rica se concentró dentro de la esfera geográfica que encerraba la actividad política y administrativa, amén de productiva: el Valle Central.

Con el devenir de los años, tres focos marcaron la identidad del ser costarricense como ningún otro: la religión, la política y el futbol. Hasta hace algunos lustros, todavía se podía escuchar a alguien decir: yo soy católico, saprissista y liberacionista. Naturalmente, toda generalización es grosera, aunque el sustrato es oportuno para ejemplificar lo que en algún momento fue una urgencia de aglutinar una noción de patria, misma que implicó la autoafirmación con respecto a otros.

El historial previo

Álvaro Quesada (2002) señala en la obra En Uno y los otros que Uno es el sujeto de la identidad, de la voz propia, que esboza las leyes, los límites y el orden del ser nacional. Los otros son el exterior, cuya voz civilizada y plena se desea y se teme.

El autor destaca que el proceso de formación de la literatura costarricense no fue ajeno al que siguieron otras partes del continente, en tanto intentaban construir o inventar una nación, una comunidad imaginada. En el caso costarricense, proceso ligado al proyecto nacional de una oligarquía cafetalera.

Así, el discurso nacional oligárquico se afirma como una voz monológica cuya unidad imaginaria oculta su conformación múltiple y contradictoria. Oculta también la existencia de otros sujetos sociales… (Quesada).

En este juego de invención-construcción, el narrador organiza desde su punto de vista, su esquema de valores, a los personajes (pág. 45), aunque los nudos sociales, ideológicos y políticos “tienden a resolverse en un punto conciliatorio donde se equilibren la tradición heredad y el progreso capitalista. En el logro de ese equilibrio juega un papel importante la educación: instrumento adecuado para modelar sujetos con una mentalidad emprendedora y progresistas que, al mismo tiempo, preserve el debido respeto a las tradiciones y costumbres oligárquico-nacionales” (pág. 53)

Por su parte, Molina Jiménez en Costarricense por dicha (2010) habla sobre la identidad nacional y el cambio de cultural en Costa Rica en los dos siglos anteriores. Explora la configuración de una identidad nacional en Costa Rica, y los cambios que experimentó a lo largo de los últimos cien años, a partir de una perspectiva poco usual, que integra las preocupaciones étnicas de los círculos de intelectuales y políticos liberales de fines del siglo XIX, el interés por la llamada “cuestión social” de los jóvenes escritores radicales que se dieron a conocer a partir de 1900, el deslumbramiento de los pintores de las décadas de 1920 y 1930 por el paisaje rural del Valle Central (y en particular por la casa de adobes), los condicionantes de la cultura de masas, y las expectativas y reivindicaciones de los sectores populares de las ciudades y el campo.

Nos servimos también de las premisas de Edmond Cross en Sujeto cultural, sociocrítica y socioanálisis (2003), quien en el apartado La no representabilidad del otro y a propósito de las descripciones de Colón, discurre sobre cómo una estrategia neutralizante de adjetivación y negación se organiza en un sistema más complejo que se insertan en una continuidad folclórica y, en largo alcance, procesos discursivos de la noción de lo desemejante, de lo diferente.

            Para efectos de descripción de la entidad deportiva, nos remitimos a Rogelio Coto Monge y la obra Cuando el futbol llegó a Cartago (1987) donde profundiza en la historia de la institución cartaginesa en razón de su participación directa en buena parte de esta trayectoria.

¿Por qué?

Aunque estamos conscientes de que toda formación de un ideario nacional supone un modelo de ciudadanía. Si seguimos que el principio de inclusión supone exclusión, los modelos descartados se fueron volviendo un reflejo del costarricense que no es o que no debe ser, estos pueden derivar en la formación de estereotipos correlacionados con las periferias, geográficas o ideológicas.

        Con respecto al constructo del ciudadano cartaginés, este abordaje no busca desmitificar una idea que, por estereotipada, no deja de tener su sustrato tangible. Lo que pretende es asomarse un poco a los aspectos positivos que podemos encontrar en la diversidad y cómo pueden ayudar al ideal total del ser costarricense.

¿Qué esperar del juego?

Premisas. Aunque hemos terminado agrupados como nación, lo cierto es que persistieron fisuras divisionales entre la concepción que ciertas regiones tienen de otras. Esto es natural y sucede en todos los países, en todas las ciudades, en todos los barrios, quizás en todas las casas. El otro siempre será otro. En nuestro caso, en su afán de identificarse con valores progresistas, algunos preceptos anteriores quedaron impregnados como pasados, caducos y acaso nocivos e irreconciliables con el futuro, con todos y las virtudes que pudiera tener.

No es que las zonas privilegiadas quedaron exentas in saecula saeculorum de las características del vecino solo por haber quedado dentro de la configuración ideal, es que las niega para sí mismo y las proyecta en el otro, buscando potenciarse como un habitante moderno. En este marco, los estereotipos negativos son una cómoda y funcional idea de autoafirmación, que se pueden perpetuar con toda coyuntura posible.

Se cometen omisiones históricas en estos procesos. La noción panorámica de las periferias es tan válida como sesgada, en ellas también convivieron muchas manifestaciones y se ignoraron diversos aportes que beneficiaron en mucho al ser nacional.

Hipótesis. Molina (90) destaca que particularmente la cultura urbana de San José comenzó a europeizarse y a secularizarse con la expansión del café  hacia 1840. tradicionales-manuel-gomez-miralles-ln_lncima20120125_0086_5Este proceso se adscribió a la ideología del capitalismo y del progreso y zanjó un a división cultural entre los cosmopolitas de las ciudades, apegadas a viejas tradiciones y a un marcado cristianismo. Estas cúpulas paulatinamente se hicieron con el poder y con esto devino su empresa modernizadora, en corresponder lo que Molina llama una comunidad nacional imaginada con el primer mundo.

El proyecto incluía la totalidad nacional pero mientras San José era una coqueta y fresca señorita que quería debutar en sociedad, Cartago quedaba atrás, vista como una vieja creyencera. Era un pueblo, desde su errática fundación que antes conoció dos establecimientos. Abelardo Bonilla (68) da fe de esto:

Cartago, el mayor núcleo de población y sede de los gobernadores, no fue una ciudad. Su magnitud física y humana era mínima (Bonilla).

El concepto de ciudadano cartaginés supone un eclecticismo muy reducido a sus valores negativos, en términos históricos, en el proceso de ideal ciudadano nacional. La vieja aún presentaba esa dualidad: era huraña pero estoica y dio mucho de sí. Es creyencera por su sencillez, para empezar, por su cristianismo nublado por mitos, por la educación natural o encargada a órdenes religiosas, porque el mito religioso de la madre unificadora tiene su origen en Cartago, en el lado este de los cuadrantes llamados ciudad.

Objetivos. Se pretende discurrir entre las líneas comunes entre el estereotipo y la realidad, con el fin de establecer una delimitación más concreta del ciudadano cartaginés, aunque es algo que requiere una investigación mucho más profunda que la de un mero abordaje general.

¿Qué esquema nos van a plantear? 

La metodología es correlacional. Se busca una conjunción dialógica de tres vertientes, las lecturas de Quesada y Molina, la premisa de Cross y la noción del ser cartaginés en la constelación del ideario nacional expresada en la identidad del equipo de futbol tradicional de la provincia, el Club Sport Cartaginés.

II. Vamos al futbol

Primer tiempo

Al trazar una línea conductiva entre la perspectiva histórica del ciudadano cartaginés y la necesidad de la presencia del otro para la validación continua de una identidad nacional, se debe considerar que el proyecto nacional costarricense, que hoy conocemos como hegemónico, tiene su fundamento en el proyecto de los gobernadores liberales. Se necesitaba consolidar un proyecto gubernamental y la patria requería una serie de aristas de identidad que dieran sentido de pertenencia.

Al caso, Cross menciona muy acertadamente que en estos procesos de satanización, Satanás es el Otro y el Otro no puede ser más que Satanás. En el caso de Costa Rica, las diferencias se marcan a nivel periférico, cada vez más específicamente, hasta llegar a la diferencia con la tribu familiar del vecino.

Es así como surgen las figuras del otro con mal gusto, el que hay que excluir porque no soy yo; aparecen las formas del pata rajada, el maicero, el polo y el de ahípentro; aunque el polazo es casi la norma nacional, porque incluso lo polo (lo kitch) es voluble según de quien venga. No se olvide, desde luego, al personaje anticuado, al tradicional y al religioso creyencero, que poco tienen que ver con el ciudadano global tan idealizado, tan socialmente aceptado, admirado y con el que todos nos queremos relacionar.

Este es un fenómeno humano desde los primeros tiempos. Nada, ni siquiera la corrección política, ha podido combatir esa otredad incluso cuando se convierte en chota, aunque al caso quizás quepa decir que siempre será mejor solo una chota que un criterio segregante. Lo cierto es que repetir estos estereotipos incluso llega a solidificar las identidades colectivas.

Ya vimos de inicio cómo esta dinámica cumplió un papel vital en la formación del ideal costarricense. Quesada destaca que:

Así, el discurso nacional oligárquico se afirma como una voz monológica cuya unidad imaginaria oculta su conformación múltiple y contradictoria. Oculta también la existencia de otros sujetos sociales… (Quesada, pág. 45).

El futuro ser nacional debía estar al tanto de sus épicas, de su delimitación geográfica, de los símbolos y de la colectividad a la que pertenecía. Atrás tenían que quedar toda lastre que representara el pasado colonial y, en razón del liberalismo de nuestros primeros ideólogos, la religión era parte del misticismo; esto nunca se erradicó: el arraigo católico era fuerte y en la Puebla de los Pardos apareció una figura de piedra, un mito muy similar a otros en América, con un mensaje de paz, unidad y obediencia. No estamos para discutir su veracidad o no, pero la figura de esta ermita con los siglos fue ascendida a Patrona nacional y hoy la peregrinación desde todas las demás provincias es un evento tal que paraliza el país.

En los primeros rasgos de la personalidad del costarricense se configuró un profundo individualismo que acusan varios autores, producto en buena parte del enmontañamiento en que vivieron los habitantes llegados en la época de Conquista y Colonia. Este proceso pudo tener diversos orígenes, pero se agudizó con la pobreza paradójica de la Costa Rica precafetalera y, en resumidas cuentas, configuró esa personalidad huraña y desconfiada del ser nacional, destacados con su sencillez y estoicismo.

En cuanto la distinción de clases, es imposible negar su existencia, y de forma muy arraigada; hubo esclavitud y hubo ejecuciones por razones políticas, esto fue algo propio de toda la América colonial. Aún está en pie la Cruz de Caravaca, aunque absorbida en el avance urbano, aunque únicamente como cosa nominal o referencial. Era un señorío viejo, más identificado con el cristiano viejo que con la riqueza, pues, como se sabe, incluso durante varias décadas después de la Independencia, el signo del país siguió siendo de pobreza.

Esta personalidad, según Pío Víquez en palabras de Luis Barahona, se reflejó en seres “poco amigos de comunicar, egoístas, irresolutos, sin ánimo para tratar al extraño” (pág. 70) pero a la vez admirables en “sus virtudes de fortaleza, abnegación, probidad y sentido de honor de la palabra empeñada”. Luego, en palabras propias, Barahona destaca que de sus antepasados escuchaba sobre la fuerte diferenciación de los levas y la gente humilde. Un autor inteligente como Barahona no ignora que es una apreciación general, consciente de las pequeñas “intrigas y envidias propias de un pueblo pequeño que, para colmo de males, había perdido su rango capitalino” (pág. 72).

Con respecto a los mitos, como tales se oscurecen en el tiempo. Por mencionar uno de decenas, la leyenda del doctor con cola, un espectro diabólico que algo tiene de real: el exhaustivo historiador Franco Fernández recuperó oficialmente la historia del bribón y embustero doctor Esteban Curti, primer caso de Inquisición registrado en Costa Rica, trabajo que no hace otra cosa que provocar sonrisas al delatar la ingenuidad de algunos de los antepasados. Muchas otras de estas leyendas, como buenos mitos, tienen un sustrato de verdad e inflamaron la imaginación de la ciudad-pueblo.

Esto no impidió que a la vez se formaran ilustres personajes, profesionales, artistas, pensadores y dirigentes que ayudaron en mucho a la construcción del país. La lista es larga y harto conocida, por mencionar a algunos cuantos, daremos fe de Florencio del Castillo, José María Figueroa, Braulio Carrillo, Jesús Jiménez, Ricardo Jiménez, Ángela Braun Acuña, Monseñor Sanabria, Francisca Carrasco, Rafael Ángel Troyo, e incluso ciudadanos cuya vida y formación se dio en Cartago, como la escritora canaria Caridad Salazar de Robles y el olvidado Luis Pacheco Bertora. Tantos personajes valiosos, olvidados como olvidamos lo que requiere un esfuerzo y un reconocimiento, en favor de la chota y el vacilón.

La historia de las tragedias naturales. Desde su fundación, la provincia de Cartago ha sufrido, como ninguna otra, diverso tipo de catástrofes naturales. Crónicas coloniales refieren una severa actividad sísmica cada cierto periodo de tiempo, así como convulsiones del volcán Irazú. Al menos hay registros de tres terremotos que dan arrasado la ciudad, sin contar las inundaciones; existe un testimonio en Diario de Costa Rica de 1910 de una señora en estado de shock pues le había tocado sobrevivir el desastre de ese año, el de 1843 y las inundaciones de veinte años atrás. Al menos no presenció las que ocurrieron 53 años más tarde, que barrieron por completo una zona que es una mezcla de bosque y zona marginal.

Aunque en todas las ocasiones la población ha levantado la ciudad de los escombros, estos desastres han provocado migraciones y definitivamente han influido en el talante cartaginés, que sí, apaga la luz a las diez y no es dado a celebrar.

Mensaje de nuestros patrocinadores. Las imágenes adjuntas muestran el estado en que quedó la residencia del ciudadano cartaginés Rafael Ángel Troyo, tras el terremoto de mayo de 1910. Hoy día la ocupa un establecimiento comercial.

De la misma manera, una serie de sucesos políticos y civiles dan muestra del temperamento cartaginés. La famosa huelga de los brazos caídos, decisiva en los hechos políticos de 1948, inició en Cartago tras un acto represivo brutal en la provincia. Además de los tristemente anónimos los sucesos de 1962, cuando otra severa represión policial quiso dispersar una multitud que protestaba contra los precios elevados del Instituto Costarricense de Electricidad, con el saldo (solo el día 24 de noviembre) de tres muertos y 39 heridos y la postre la claudicación de las tarifas. En 1975 se registra el primer cierre de carreteras que se da en Costa Rica, como parte de las protestas de los ciudadanos de Agua Caliente contra la fábrica de cemento, que a la fecha sigue cicatrizando montañas al sureste de la provincia.

Segundo tiempo

Se puede comprender que estos sucesos duerman el sueño de los justos. La influencia de la leyenda deportiva de un equipo de fútbol, y de paso la referencia religiosa de la Virgen de los Ángeles. La simbiosis de estos dos aspectos con el ser cartaginés ha ayudado a perpetuar los conceptos que tratamos con anterioridad. Es imposible discernirlos de la noción vigente.

Producto de esto, el caso particular del estereotipo cartaginés tiene otro matiz, de chota, las etiquetas de pobrecito y hasta de penitente, el Cartaguito campeón. La pasión nacional es el futbol y Cartago tiene su equipo tradicional, el más viejo en activo y el que posee la racha más larga sin conseguir un campeonato nacional. Hablemos un poco de su origen.

El proyecto del Olimpo nacional se comenzó a germinar cuando los flamantes empresarios del café enviaron sus hijos a estudiar al extranjero, de la influencia inglesa nos empezaron a llegar algunas cosas más que la ideología liberal. Vinieron, con nuestros nuevos teóricos, por ejemplo, la electricidad el tranvía, y con estos una actividad curiosa de los machos: En dos bandos, junto con algún costarricense que conocía el juego gracias a su estadía en tierras inglesas, daban patadas a una pelota con el fin de hacerla pasar por un marco. Ah, y en calzoncillos. Se trataba del football, que quizás hizo más por los intereses ingleses que otros medios de fuerza.

El desarrollo económico de Cartago había sido lento, amén de las catástrofes naturales que había sufrido en el siglo XIX. Como se mencionó, el ánimo era estoico y sin inclinaciones festivas. Coto Monge menciona que:

En este medio ambiente pequeño, tranquilo y aburrido irrumpió el futbol en 1906. Posiblemente la introducción causó un gran impacto porque la innovación vino a plantear patrones de conducta que no coincidían con la forma de ser del cartaginés que había adquirido un estilo de vida a tono con la sociedad aristocrática rural, esencialmente individualista que se había vivido en la Colonia (Coto Monge, p. 34).

Salvo por la escueta actividad teatral del modesto Teatro Municipal que, como menciona Calderón (pág. 54) que intentaba llenar el vacío cultural aún palpable que en su momento dejó la Compañía de Jesús, y que estaba orientada a la clase mejor acomodada, las exiguas distracciones populares acaso se remitían a las festividades religiosas.

El futbol tiene una ventaja decisiva sobre cualquier otro deporte: es una actividad colectiva en la que casi todos pueden participar y se puede llevar a cabo en cualquier espacio abierto; prueba de esto es el aumento de la popularidad de este deporte en Estados Unidos, es un deporte que no requiere ni equipamientos caros ni biotipos. Es natural que haya calado rápidamente en la sencilla sociedad local y pronto se formaran los primeros clubes que tenían comúnmente, como se ve en la imagen adjunta, la plaza Iglesias como lugar de desarrollo.

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Al fondo las gradas del colegio San Luis Gonzaga, aun en pie.

Así, el Club Sport Cartaginés fue fundado en 1906 por el joven canadiense William Pirie sobrino del reputado médico Henry Pirie, cuya casa de habitación hoy es patrimonio nacional. Así comenzaba la andanza del Cartaginés por los campeonatos nacionales, de donde salió campeón en tres ocasiones hasta 1940 donde su historia se cruza con otro gran símbolo de la provincia: la Virgen de los Ángeles.

Una vez obtenido el campeonato de ese año, nació la leyenda cuyo origen tiene tantas versiones como locutores y además disparó el imaginario a otros niveles. Nos remitimos a Coto Monge una vez más, en esta aseveración que expresa mejor que cualquier otra, lo que se pueda afirmar:

Algo sucedió en estas celebraciones que nunca ha sido declarado debidamente, pero que ha dado lugar a la formación de historias y consejas, que hablan hasta de excomuniones y maldiciones, que desde entonces han impedido que el Cartaginés obtenga un nuevo campeonato nacional de primera división (…) Se habla de la comisión de actos irrespetuosos en la iglesia; del incumplimiento de exvotos ofrecidos, entre los que está el trofeo ganado con el Campeonato de 1940; de formales promesas incumplidas y olvidadas; de la participación inconveniente de algún sacerdote. Esto ha sido un filón inagotable de bromas y chistes; pero para mucha gente sincera y cándida todo es verdadero…” (Coto Monge, p. 141).

El espectro de la afrenta ha permanecido desde entonces y muchas veces el equipo se ha quedado de la manera más absurda con los crespos hechos, para usar una frase acorde a la época. No es exclusiva, una historia similar se le atribuye a la misma selección de Argentina. Es notable el criterio de Coto, hombre sensato e inteligente, que no da crédito a esta leyenda y lo atribuye a causas prácticas, aunque menciona testimonios de personas que él tiene por serias, que dan cuenta de aficionados rivales haciendo entierros en el estadio local.

Esto es muy posible y no es forzosamente vinculante, lo cierto es que alimenta la otra leyenda que se deriva de esta tragicomedia, la del muñeco enterrado, que ha estimulado el ingenio colectivo, hoy expresado mediante los famosos memes, como lo muestra la imagen a continuación, tomada de las redes sociales.

Una prueba de ello es la imagen a continuación, cortesía de nuestros patrocinadores:

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Con estas leyendas, sumadas a los surreales traspiés del equipo, se ha extendido el término cartagada, asociado con un autosabotaje, con una burrada imprevista que arruina toda empresa. A las etiquetas de anticuado y creyencero, ahora el cartaginés tiene la de maldito y la de muerto. Esto es lesivo a todas luces y no tiene fundamento pero es tremendo caldo de cultivo; se han escrito artículos inflamados y perniciosos en muchas ocasiones contra el club, que no viene al caso referir directamente, de personajes nacionales que pretenden validarse en los hombros de otros.

El Club Sport Cartaginés ha logrado incluso laureles internacionales (Concacaf) o nacionales aunque de orden menos relevante (recientemente, dos campeonatos Copas), un descenso y un inmediato ascenso; sin embargo, le sigue esquivo el campeonato nacional, le han sucedido muchísimos reveses de antología en el camino y seguramente vendrán más, pero es curioso notar cómo, a fin de cuentas, es el sujeto validado el que insiste en las categorías míticas para denigrar al supuesto creyencero. ¿Quién cree más en qué?

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Cartaginés campeón de Concacaf en 1994.

Tiempo de reposición

Mientras desarrollábamos este trabajo, vimos en las noticias que el Club Sport Cartaginés dispuso una capilla católica dentro de sus instalaciones; la primera en Centroamérica, al parecer. No sabemos qué pensarán los futbolistas y aficionados que profesen otras religiones o no profesemos ninguna (personalmente me siento confundido), tampoco podemos suponer qué hubiera pensado el buen don Rogelio Coto o el doctor Pirie y aún menos sabemos si esto obedece a un deseo fervoroso de la nueva dirigencia o a un intento de reconciliarse con la imagen religiosa y al fin conocer lo que es alzar la copa nacional, para dejar de ser motivo de chota nacional.

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El campeonato zanjaría toda discusión posible pero, por lo pronto, de forma dramática y contra todos los pronósticos, a noviembre de 2016, el equipo se quedó fuera de la fase final otra vez.

III. Resumen del partido

El concepto de ciudadano cartaginés supone un eclecticismo muy reducido a sus valores negativos, en términos históricos, en el proceso de ideal ciudadano nacional, pero tiene en parte su fundamento y dentro de lo lúdico, es hasta sano diferenciarse. Nos queremos remitir, nuevamente, a las palabras de Luis Barahona:

En efecto, muchas de las virtudes apuntadas y no pocos de los defectos no son privativos de los cartagineses, pues no es difícil encontrarlos en mayor o menor grado en las otras provincias.” (Barahona, p. 72)

Lo cierto es que la realidad no es tan dual como parece.  Entre una cosa y la otra, se cocina todo un caldo extraoficial, que da vida y particularidad a la sociedad. Las historias de hurtos, robos, herejías, pasiones prohibidas, las prostitutas descalzas, traiciones, escándalos y duelos a muertes están debidamente registradas, aunque rara vez vengan a colación, pues nunca han sido provechosas a los intereses de las autoridades, ni religiosas ni políticas.

El estereotipo del cartaginés de castas y creyencero es una realidad. Existió en tanto existió en otras partes del país y de la América colonial. No es exclusivo de una región pero, como todo valor no aceptado, es cómodo y funcional negarlo en sí y exacerbarlo en el otro.

Si bien, dentro del plano lúdico y deportivo, es incluso sana la chota, no olvidemos que las ideas hechas de las periferias corren el riesgo de volverse tóxicas y crean sesgos que de paso excluyen las características positivas que los ciudadanos de estas zonas pueden aportar al crecimiento general.

Fin de la transmisión. Créditos

Barahona Jiménez, (1972). L. Ideas, ensayos y paisajes. Editorial Costa Rica, San José, Costa Rica.

Bonilla, A. Abel y Caín en el ser histórico de la nación costarricense. En Identidad, invención y mito (2010). Editorial Costa Rica, San José, Costa Rica.

Calderón, J. C. (1997) Teatro y sociedad cartaginesa. Editorial Cultural Cartaginesa. Cartago, Costa Rica.

Coto Monge, R. (1987) Cuando el fútbol llegó a Cartago. Publicaciones Coto y Aguilar. Cartago, Costa Rica.

Cross, E. El sujeto cultural, sociocrítica y socioanálisis (2003). Fondo editorial Universidad Eafit. Medellín, Colombia.

Fernández Esquivel, F. (1999) Cartago y Alajuela, relatos coloniales. Editorial Cultural Cartaginesa. Cartago, Costa Rica. 1999.

Fernández Esquivel, F. (2013) Cartilla histórica de Cartago. Publicaciones El Atabal, San José, Costa Rica.

Fernández Esquivel, F. (2008) Crónicas y tradiciones de Cartago. Publicaciones El Atabal, San José, Costa Rica.

Láscaris, C. El costarricense. (1975) Editorial Universitaria Centroamericana, San José, Costa Rica.

Mata Gamboa, J. (2009) Historias de Cartago y los dos colegios. Editorial tecnológica de Costa Rica. Cartago, Costa Rica.

Molina Jiménez, I. (2010) Costarricense por dicha. Editorial de la Universidad de Costa Rica. San José, Costa Rica.

Quesada Soto, A. Uno y los otros. (2002) Editorial de la Universidad de Costa Rica. San José, Costa Rica.

Sancho Jiménez, M. La Suiza centroamericana. En Identidad, invención y mito (2010). Editorial Costa Rica. San José, Costa Rica.