El mito de la “tiquitud” Yolanda Oreamuno (ARTICULO SOBRE EL ENSAYO )

Tomado de :

http://collaborations.denison.edu/istmo/n12/articulos/centros.html

En «El ambiente tico y los mitos tropicales» (publicado en 1939) Oreamuno revela la imagen de una Costa Rica llena de máscaras. Su objetivo es establecer la influencia del ambiente en el desarrollo de la cultura y sociedad costarricense, así como criticar el imaginario nacional.

En el ensayo, las concepciones que promulga Oreamuno se contraponen a la visión metafísica del imaginario costarricense. Para ello se apoya en la situación histórico-social o cultural del país. Pero en este esfuerzo desmitificador la escritora busca instaurar un nuevo imaginario nacional, lo cual no le permite resolver el objetivo inicial.

Con los conceptos pecado-culpa, irónicamente se hace referencia al ambiente como culpable de todas las trabas sociales, la negligencia, la burocracia, el costo de la vida y la inseguridad social, entre otros. Entre estos pecados están la inercia y la incapacidad del costarricense. Pero esto ya es una proyección totalizadora y falsa del imaginario de la nación. También concibe el ambiente como espacio negro, que quebranta o violenta el imaginario colectivo de la Costa Rica pura, libre e independiente, sin mancha que tanto había prevalecido.

«Esa palabra vaga e imprecisa, adquiere en Costa Rica, (no sé si en el resto de América) una significación diferente de la que le dan en el diccionario, la terminología corriente o las necesidades diarias.» (Oreamuno, 1976: 157)

La carga semántica de lo negro remite a un pesimismo que nace ante la concepción imaginada de verdadera nación y ante una identidad desquebrajada, corrupta, sucia. Sin embargo, la nación es una imaginación, por lo tanto la supuesta verdad que promulga Yolanda no es más que su propio imaginario de nación. Es decir que ella al querer establecer una «nueva» verdad critica un imaginario a partir del propio.

La autora brinda su propia definición de ambiente:

«Yo entiendo por ambiente, en términos generales, la atmósfera vaga pero definitiva que van haciendo las costumbres familiares, el vocabulario de todos los días, la política local, el modo de vivir y la manera de pensar (que frecuentemente son antípodas). Pero no niego la realidad de su influencia ni su vasto radio de acción.» (Oreamuno, 1976: 158)

Acá busca presentar el ambiente tico como una «atmósfera definitiva» y con ello incurre en una concepción muy centralista que no logra resolver las marcas que componen el imaginario tradicional de nación. Ella misma privilegia una noción «definitiva» como si fuese verdad absoluta cuando en realidad se trata de una ficción igualmente centralista y metafísica.

El término ambiente se concibe como peligroso porque corrompe, imposibilita ensucia, destruye ideales, proyectos y deja de valorarse como centro de posibilidades, armonía y avance. Para la autora, el ambiente nos aleja del idilio, de la noción gastada de un país progresista:

«El ‘ambiente’ es una cosa muy grande, muy poderosa y muy odiada que no deja hacer nada, que enturbia las mejores intenciones, que tuerce la vocación de las gentes, que aborta las grandes ideas antes de concepción y que nos mantiene mano sobre mano esperando siempre algo sensacional que venga a barrer esa sombra tenebrosa y fatídica.» (Oreamuno, 1976: 158)

Se desmitifica la idea del sano ambiente tico y lo asocia con acciones disfóricas: «enturbia», «tuerce», «aborta». Luego confirma que la culpa es nuestra, del mismo tico, porque el ambiente lo llevamos por «dentro» es un adentro negativo. Es decir, que realmente el ambiente sí es centralista en tanto se entienda que el adentro costarricense es una concepción metafísica, es decir una construcción simbólica-cultural. Se anuncia pues, que esta supuesta percepción del ambiente tico como idílico es en realidad otra. Ahora el ambiente sería turbio y tenebroso, convirtiéndolo en una nueva construcción imaginaria. El adentro del costarricense es también una concepción metafísica.

En el ensayo, la mediocridad y el estatismo son presentados como agentes externos que desvalorizan las bases sociales del país. Además, señala como enfermedades de la nación, la ausencia de espíritu de lucha y la «deliberada ignorancia». Conceptos igualmente metafísicos, esencialistas o vagos que tampoco pueden abordarse como verdades. La «ausencia de espíritu de lucha» y la «ignorancia deliberada» son elementos totalizadores empleados para caracterizar el imaginario costarricense, esto significa asumirlo como algo totalmente homogéneo cuando en realidad es un conglomerado de actitudes, valores y condiciones variadas y en algunos casos disímiles. La absoluta percepción del imaginario costarricense como mediocre y estático continúa siendo centralista.

La primera revela nuestra apatía a toda campaña para defender nuestros derechos e ideales más profundos; el tico se asume como un ser pasivo tranquilo, sin más complicaciones que su propia existencia y se aleja de la posibilidad de encarar luchas sociales con determinación y persistencia. La percepción de la Costa Rica pacífica no hace más que esconder el divorcio del ciudadano con su realidad más cruda: el costarricense no posee una conciencia colectiva que lo enardezca a no ser por espectáculos sociales como el deporte y la política.

La segunda enfermedad es la ignorancia voluntaria del costarricense ante los valores que puedan sosegar su individualismo y la quietud de su pacífica existencia. La aparente pasividad y tranquilidad de la vida costarricense se disloca y Oreamuno la presenta como una entidad enferma de facilismo, quietud y apatía, antivalores que emergen a la luz ante las nuevas percepciones de la identidad. Pero esto implica una realidad absoluta, lo cual no rompe con ese centro que pretende ser subvertido, sino que también este nuevo centro se torna excluyente.

La palabra agresividad se opone al concepto de paz, del cual tanto hacen alarde los ticos. En la oposición binaria pasividad /agresividad, el suplemento agresividad remite a violencia. Característica que se ha descartado como elemento identitario. Es decir, se ha marginado como rasgo particular del imaginario costarricense. Nuestro «espíritu antiagresivo» es lo que caracteriza y proyecta a Costa Rica como un pueblo sano, sin mayores conflictos. Sin embargo, Oreamuno procura desmitificar esa estampilla de claridad y armonía:

«El espíritu antiagresivo se manifiesta en un miedo campesino a lo grande y en un gusto esporádico por lo pequeño; la deliberada ignorancia actúa con un simple procedimiento eliminativo, no de los malos para dejar al eficiente, sino de los peligrosos eficientes para dejar al apócrifo e inofensivo.» (Oreamuno, 1976: 158)

Pero con esta percepción no se logra eliminar el centro que prevalece sino que coloca el concepto de Anti-agresividad como marca particular de la inercia y la ignorancia del imaginario costarricense. Invertir el opuesto binario no significa que lo haya roto.

Se indica entonces, que Costa Rica posee una identidad prestada, es decir, que no ha sido propia, sino importada de Europa por medio de los españoles que conquistaron América y que actualmente se encuentra en medio de un cúmulo de bombardeos culturales provenientes de otros países globalizados:

«[…] Nuestro pueblo no se ha hecho a sí propio: la civilización le vino como regalo y la cultura continúa llegando como un producto de importación que todavía sufre impuestos prohibitivos. Heredamos la civilización europea como un capital que mano (sic) extrañas hicieron, manos extrañas que vinieron en plan de explotación, nunca con la intención de afincar, y que si afincaron fue como parásitos porque no había mucho que explorar.» (Oreamuno, 1976: 159)

Sin embargo, sí existe un imaginario nacional, existe aunque hayan rasgos importados o parezca falso. La identidad es un asunto cultural que proviene de los referentes que la comunidad imaginada percibe como suyos. Por esta razón la identidad no es absoluta.

La identidad prefabricada perdió lo autóctono y se amoldó a las estructuras eurocentristas, lo cual ocurre normalmente en sociedades tercermundistas. Es decir, nuestra cultura identitaria es una imagen prestada y todavía existe una continua absorción de elementos culturales externos. La identidad es un asunto no solo de herencia y explotación, también es el producto de interrelaciones culturales, de asimilación, de la globalización y de otros factores sociales y de consumo que van insertándose en el imaginario costarricense.

Oreamuno señala como herencia de la conquista, un imaginario nacional sin coraje ni grandeza, temeroso a todo tipo de riesgo, rebosante de pasividad y timidez:

«[…] nuestra conquista fue un lento negocio burgués a largo plazo y con poco capital. Nos han quedado como lacras la ausencia total de sangre corajuda que dejaron regada en otras tierras los audaces españoles de látigo y espada y la mediocridad del negocio pequeño, sin peligros y grandes ganancias.» (Oreamuno, 1976: 159)

Ella pretende deslegitimar el imaginario denominado nación con base en conceptos igualmente totalizadores. Por ejemplo el concepto de «corajudo» responde a un lenguaje machista y masculino céntrico, que no revierte en nada las concepciones centralistas instauradas.

También asegura que el gran problema del costarricense es precisamente su pasividad excesiva, entendida ésta como una monotonía de ideas, una apatía por el progreso colectivo, un desgano de valores y una carencia de autocrítica. También asegura que la identidad no puede basarse en máscaras y en falsos referentes. Es necesario reconocer los orígenes, por más prestados que sean y buscar una verdadera cara. Pero no toma en cuenta que el costarricense no es una figura homogénea, más bien es una mezcla de culturas, razas y valores. En el país hay chinos, indígenas, negros, inmigrantes nicaragüenses o de diversas procedencias, por lo tanto «costarricense» entendido como término uniforme resulta muy excluyente.

El tono irónico en el texto permite irrumpir en esa percepción del buen tico, incapaz del pecado moral y la violencia, para mostrar presentar otro imaginario costarricense, el cual, según la autora, se va gestando en el interior de nuestra «inmaculada Costa Rica».

Para demostrar esto, Oreamuno toma como aspecto preponderante el espacio físico y asegura que «el paisaje es cómplice de nuestra sicología». Por lo tanto se percibe como un cromo.

«Nuestro paisaje, es un cromo. Un cromo delicadamente lindo. La casita se recuesta aperezada en el potrero, el maizal o el cafetal; es limpia como un ajito; el árbol está siempre verde, y no hay ni molestos deslindes entre verano e invierno, que nos hagan pensar seriamente en climatología. No sufrimos pavorosas sequías ni inmensas inundaciones. […] La casita pintada de blanco, con las tejas muy rojas, y una franja azul furioso a la altura de las ventanas, continúa suavemente aperezada en un romántico amor interminable con el campo siempre verde y el arroyo nunca seco.» (Oreamuno; 1976: 159)

El arte costarricense se identificaba con un sentir nacional que privilegia al costarricense labriego, incorrupto, sencillo. En medio de un mundo convulso, Costa Rica mantenía la paz y gozaba de los beneficios que esa imagen metafísica le proporcionaba. Se trata de una imagen de pureza que solo los pueblos «sanos», exentos del pecado, limpios de la constante violencia y cargados de servilismo, pueden proyectar. Tal percepción del tico fue transgredida en poca escala y fueron pocos los artistas que con sus trabajos la encararon.

Este ensayo critica esa formulación ideológica de la Costa Rica pura, sin grietas ni enfermedades sociales, que tanto reprodujo y legitimó el arte costarricense en esa época. Implica esto, una retrospección del imaginario nacional.

Oreamuno aprovecha para reprender el abstencionismo frente al liderazgo y la lucha. Este abstencionismo es sinónimo de facilismo y enmudecimiento de verdades. De ahí explica la censura que sufre el periodismo subversivo:

«Si usted escribe hoy un artículo fuerte y asusta con ello a la crítica, y es tan necio para mantener el tono en el siguiente; si ayer apareció en la primera página de los diarios a grandes titulares, mañana aparecerá delicadamente colocado en la página literaria, pasado mañana en la sección deportiva, y si prosigue, llegará a ocupar un sitio en la página social… Rápidamente, sin pleitos ni molestias, usted está silenciado. Ni el sensacionalismo periodístico nos gusta.» (Oreamuno, 1976: 159)

Esta percepción totalizadora y absolutista del sistema periodístico ataca el silenciamiento de la escritura como una voz crítica, pues para el sistema político y social vendría a corromper e irrumpir la pasividad que asume el imaginario nacional como valor predominante.

Se expresa así, la influencia del ambiente en el desarrollo del imaginario nacional. Luego dirige la tesis del ensayo hacia los mitos tropicales que también intervienen en la elaboración de una supuesta identidad costarricense que es vendida como propaganda para aumentar el turismo y alimentar nuestro complejo de superioridad en relación con los demás países centroamericanos:

«Llegando a este recodo, nos encontramos con los ‘mitos tropicales’. Costa Rica, la desgraciada Costa Rica violada por las agencias de turismo, tiene tres cosas importantes: mujeres bonitas, color y demoperfectocracia, en estricto orden propagandístico.» (Oreamuno, 1976: 162)

El primer mito mencionado es el de la belleza de las mujeres. El hablante discursivo presenta el supuesto perfil de tan soñada mujer: «bellas piernas, ojos negros, cuerpos morenos, bocas deliciosas …» perfil que compite con el resto de las mortales costarricenses que no salen en las portadas sociales, ni participan en los concursos de belleza ni provienen de «distinguidas» familias. Ahora bien, el segundo mito, el color, corresponde al pintoresco complemento que aportan los «negros con la piel tirante y sudosa» y los indios, grupos visiblemente segregados por el «blanco ciudadano costarricense»” que se piensa único en un territorio poblado por un innegable mestizaje. Y el tercer mito mencionado por Oreamuno, es la demoperfectocracia, resultado de la buena imagen que sutilmente venden nuestros políticos: «el Presidente se pasea sin guardia por las calles, da la mano a cualquier ciudadano anónimo.” (Oreamuno, 1976: 162)

En cada uno de estos mitos que se señalan, la autora olvida la capacidad excluyente del término «costarricense», pues no se trata de un solo fenotipo, visto como superior a los otros llámense negros, chinos, indígenas, inmigrantes. Pues en realidad, Costa Rica se caracteriza por el mestizaje y la heterogeneidad de su población. Por eso la mujer «ideal» que Yolanda pretende deslegitimar es sólo un fenotipo de los tantos que existen. De tal forma ella vuelve a caer en la percepción metafísica del imaginario que tanto critica.

Puede parecer que estos mitos fortalecen la autoestima nacional, al mismo tiempo que proyectan el imaginario costarricense como individuo de una nación noble, vistosa, pacífica, sin mayores conflictos, donde cualquiera puede transitar libremente y gozar de una vida plena. Pero el problema es que esa proyección centralista y absolutista excluye ciertos elementos, por demás concebidos como los más negativos del imaginario nacional. Por lo tanto son reprimidos y se hayan ocultos tras un suplemento, que está ahí, pero no se considera parte del centro idílico que desde años atrás nos han hecho creer ciegamente.

La autora busca revelar esa realidad oculta, sacarla a la luz desmintiendo que existe una verdad única:

«[…] en Costa Rica las mujeres son bonitas, demasiado bonitas … (puede continuar usándose para la propaganda); indios, hay unos tres mil que viven en el interior de la República, no conservan ritos exóticos, y, aunque algunos hablan dialecto, todos hablan español; llueve nueve meses al año de la manera desesperante del mundo (lo cual está reñido, como se podrá ver, con el sol permanente y ’la eterna primavera’); hay calor en la costa en abundancia y los paisajes se prestan para pintores, postales a la familia y para las solteronas soñadoras (puede seguirse usando para la propaganda con las correcciones señaladas); democracia perfecta no tenemos ni hemos tenido nunca, (no puede usarse de todo punto para la propaganda).» (Oreamuno, 1976: 162-163)

Sin embargo, vuelve a caer en una concepción metafísica. Ella misma pretende sobreponer su imaginario totalizador de la realidad costarricense para revertir el supuesto ambiente tico sin tomar en cuenta que esta subversión continúa siendo inestable y que ambas lecturas del imaginario nacional son igualmente posibles.

Según Oreamuno, vivenciamos una democracia pasiva donde actuamos sin responsabilidad ni conciencia social o colectiva, siempre pensando en nuestras individualidades o necesidades inertes a la cohesión. Distorsionamos los valores representados en nuestros símbolos nacionales, los cuales veneramos pero olvidamos poner en práctica. Ante todos estos procesos identitarios, Oreamuno señala con esperanza:

«Contra todo esto, la reacción viene, se la siente pujar incierta y tomando rumbos a veces pueriles. Tratamos ya de encauzar nuestra vitalidad muda, a-selectiva, pero no muerta, y salta el músculo vital adormecido por los primeros caminos vírgenes y fáciles. De ahí la rebusca del folklore. Nos descubrimos con deleite atavismos raciales, con la misma fruición que una niña de catorce años ve sus pechos crecer; el cancionero típico reviente como un pájaro enjaulado, copiando a ratos cantos ajenos […]» (Oreamuno, 1976: 162-163)

Costa Rica es comparada con una niña que descubre gozosa el crecimiento de sus senos y se da cuenta que busca salir de su niñez de valores, de metas, de proyectos que validen el verdadero imaginario costarricense. Entendiéndose entonces que el país apenas se encauza a descubrir una verdad absoluta, lo cual sería una apreciación centralista y totalizadora puesto que la sociedad se transforma y todo imaginario colectivo, por más ajeno que parezca, existe.

La autora enfatiza sobre la posibilidad de alcanzar una aparente identidad, una que no se difumine en realidades abstractas, pero la identidad no puede alcanzarse como tal pues es una ficción irrealizable y se concibe como una construcción metafísica.

Costa Rica se compara con la figura de la mujer. Ambas sufren la determinación y se perciben como símbolo de sexo y pecado, lo cual ratifica en Oreamuno una posición igualmente centralista y excluyente.

«Costa Rica descubre su pubertad, su sexo virgen tiembla, y el futuro la llama para convertirla en una pecadora, auténtica y original.» (Oreamuno, 1976: 165)

Las concepciones metafísicas sobre la identidad, que presenta el ensayo, pretenden mostrar que la Costa Rica de la primera mitad del siglo XX empieza a reconocer nuevos referentes socio-culturales sin embargo, percibe el logro de este proceso como verdad absoluta sin toma en cuenta que tantos los nuevos como los viejos referentes son parte del imaginario nacional.

Para Oreamuno, el imaginario colectivo ha privilegiado la noción de Costa Rica como pacífica, tranquila, sin mayores conflictos sociales o políticos, gozosa de un ambiente favorable y un territorio productivo. Por ello la mayor preocupación de Oreamuno en este texto es desmitificar esta imagen idílica que se ha formulado alrededor del imaginario nacional y expone críticamente que no todo es tan utópico, ni tan apacible. El problema es que finalmente ella misma establece un centro ya que trata de desprestigiar un imaginario estableciendo otro, el suyo.

© Marcela Hidalgo Jiménez


Bibliografía

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Derrida, Jacques, 1971: De la gramatología, trad. Oscar del Barco y Conrado Ceretti, Buenos Aires: Siglo Veintiuno.

Garnier, Leonor (ed.), 1976: Antología femenina del ensayo costarricense, San José, Costa Rica: Ministerio de Cultura Juventud y Deportes.

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Oreamuno, Yolanda, 1976 (1939): «El ambiente tico y los mitos tropicales», en: Garnier, 1976.

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Peretti, de Cristina, 1989: Jacques Derrida. Texto y deconstrucción, Barcelona: Anthropos.

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Rousseau, Jean Jacques, 1980: Ensayo sobre el origen de las lenguas, trad. Mauro Armiño. Madrid: Akal Editor.

Urbano, Victoria, 1968: Una escritora costarricense: Yolanda Oreamuno, Madrid: Ediciones Castilla de Oro.

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Una respuesta a “El mito de la “tiquitud” Yolanda Oreamuno (ARTICULO SOBRE EL ENSAYO )

  1. Digan lo que digan, le duela a quien le duela, Yolanda dijo la verdad en sus ensayos. Fue la única que tuvo los ovarios para decir lo que pensaba sin miedo, en una sociedad machista donde la mujer no tiene voz, y más en aquel entonces…fue una mujer admirable y única. Demasiada mujer para este país mediocre

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