IDIOSINCRASIA COSTARRICENSE A PARTIR DE “MITOS TROPICALES” Y “LA ISLA QUE SOMOS”

Por: Rafael Ángel Sanabria Méndez       

Wordle: rafa Introducción

La identidad y cultura costarricense se encuentra presente en los textos de Mitos tropicales (1938) de Yolanda Oreamuno y La isla que somos (1971) de Isaac Felipe Azofeifa. La teoría del sujeto cultural expuesta por Edmond Cros menciona que los individuos son sujetos obligados a sumergirse en la misma cultura. Hay un claro impacto perceptible en la cultura costarricense en lo expuesto por los textos citados anteriormente. Vagancia, mediocridad, ociosidad, miedo a lo nuevo, abulia, individualismo, falta de solidaridad, puerilidad y pusilanimidad son algunas de las características atribuidas a los costarricenses, tanto por Oreamuno como por Azofeifa en sus ensayos.

Marcela Hidalgo Jiménez, en su artículo Sobre centros: «El ambiente tico y los mitos tropicales»
de Yolanda Oreamuno (2006), menciona que Yolanda Oreamuno mediante su artículo Mitos tropicales busca un esfuerzo desmitificador del imaginario costarricense; la escritora busca instaurar un nuevo imaginario nacional. Sin embargo, como menciona  Hidalgo,

“…la nación es una imaginación, por lo tanto la supuesta verdad que promulga Yolanda no es más que su propio imaginario de nación. Es decir que ella al querer establecer una «nueva» verdad critica un imaginario a partir del propio” (Hidalgo, 2006).

Ella dice que Oreamuno generaliza la identidad del costarricense como algo totalmente homogéneo cuando en realidad es un conglomerado de actitudes, valores y condiciones variadas y en algunos casos disímiles. La absoluta percepción del imaginario costarricense como mediocre y estático continúa siendo centralista.

Según Hidalgo,“La identidad es un asunto no solo de herencia y explotación, también es el producto de interrelaciones culturales, de asimilación, de la globalización y de otros factores sociales y de consumo que van insertándose en el imaginario costarricense” (2006). De ahí que critique que Oreamuno trate de ver la identidad costarricense como un todo homogéneo, cuando en realidad está llena de diversidades culturales:

“Pero no toma en cuenta que el costarricense no es una figura homogénea, más bien es una mezcla de culturas, razas y valores. En el país hay chinos, indígenas, negros, inmigrantes nicaragüenses o de diversas procedencias, por lo tanto «costarricense» entendido como término uniforme resulta muy excluyente” (Hidalgo, 2006).

En fin, Oreamuno trata de hacer despertar a los costarricenses, para hacerlos salir de su pacifismo abúlico y tratar de infundirles coraje y agresividad, ya que cuestiona su ‘antiagresividad’; el problema es que trata de cambiar una identidad imaginada por otra también del mismo tipo, creyendo que está saliendo de una mentira construida para entrar en una verdad ‘real’. Según Hidalgo,

“La autora enfatiza sobre la posibilidad de alcanzar una aparente identidad, una que no se difumine en realidades abstractas, pero la identidad no puede alcanzarse como tal pues es una ficción irrealizable y se concibe como una construcción metafísica” (Hidalgo, 2006).

Así las cosas, la crítica de Hidalgo muestra cómo la identidad es una construcción social, un imaginario, y como tal, no puede existir con objetividad como una realidad aprehensible (como lo busca Oreamuno), sino más bien como una construcción en con base en las relaciones de una sociedad y su percepción de la realidad.

Shirley Montero, en su artículo llamado El perfil de la autoimagen en la literatura costarricense y el discurso de la posmodernidad latinoamericana, publicado en la revista Comunicación del ITCR en el 2008, menciona cómo se ha ido creando y transformando la identidad del costarricense desde periodos coloniales hasta la actualidad. Entre otras cosas, ella dice:

“El concepto de identidad nacional costarricense es el producto de un arduo esfuerzo por narrar, por medio de la literatura y otras prácticas culturales como el periodismo, un discurso unificador verosímil, que genere en cada individuo ese sentimiento de recíproca pertenencia al grupo. Dicho discurso oscila entre recordar lo que se tiene en común y olvidar lo que separa” (Montero, 2008: 9).

Asimismo, menciona cómo una identidad nacional debe establecer límites diferenciadores entre el yo con respecto al otro; esto lo hizo Costa Rica en relación con sus vecinos centroamericanos. La siguiente cita explica lo anterior:

Entonces, el mismo proceso de narrar la identidad nacional costarricense implicó una doble diferenciación dentro de su discurso: por un lado, asume al otro-deber ser (centro: Europa) en busca de asimilación, pero, también está el otro-deber evitar (margen: países centroamericanos). Emerge el otro monstruoso del cual se diferencia Costa Rica, en quien recaerá la función desculpabilizadora de su conciencia, al asumir todos sus males. A partir de ese momento, Costa Rica se asume diferente a los otros países centroamericanos, y empieza a convertirse en “La isla que somos”, como bien explicó Isaac Felipe Azofeifa (Montero, 2008: 10).

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Así las cosas, Montero relaciona la separación identitaria por parte de Costa Rica con respecto a sus vecinos centroamericanos con el artículo de Azofeifa, con base en la diferenciación del otro; Costa Rica, para esos años, trataba de encubrir su crisis, tanto la económica nacional como la de sus vecinos centroamericanos que estaban en guerra, con la narración del idilio de paz, sujetos de derecho y la democracia de la igualdad (Montero, 2008). Así pues, los costarricense separan al otro centroamericano, conflictivo por sus guerras civiles, mientras ellos daban la cara de ‘país de paz’.

Edmond Cros menciona la relación entre la cultura, las identidades y la ideología; todos los sujetos se encuentran obligados a sumergirse en una misma cultura, la cual los aliena si piensan diferente. El lenguaje, las instituciones y las prácticas sociales son formas de reproducir la ideología cultural dominante. Tanto Oreamuno como Azofeifa muestran en sus ensayos conductas y características propias del pueblo costarricense, en la mayoría poco loables y muy abúlicas, negativas para el crecimiento y desarrollo óptimo para un pueblo. Por lo tanto,  resulta necesario analizar tanto los mecanismos de dominación cultural utilizados por la ideología imperante, como sus resultados sobre características y conductas establecidas en los costarricenses.

Mediante el análisis del Mitos tropicales y La isla que somos, a través de la teoría del sujeto cultural de Edmond Cros, se establece la relación entre el sujeto cultural como un ya ideológico que absorbe y somete a los individuos costarricenses, para que actúen según un modelo preestablecido cultural, común en muchos costarricenses.

El objetivo principal de este artículo es poner en evidencia la relación de la teoría del sujeto cultural con los modelos del ser costarricense de Oreamuno y Azofeifa, con el fin de evidenciar los mecanismos de dominación ideológica que actúan sobre el pueblo costarricense.

El sujeto cultural de Edmond Cros

Como se dijo anteriormente, Edmond Cros estudia las relaciones entre cultura, identidades e ideología; menciona la obligación de los sujetos a sumergirse en la misma cultura sin poder elegir si lo hacen o no. En su libro, El sujeto cultural. Sociocrítica y psicoanálisis, menciona lo siguiente sobre la cultura:

“…la cultura es el dominio donde lo ideológico se manifiesta con mayor eficacia, tanto más cuanto que se incorpora a la problemática de la identificación, donde la subjetividad es conminada a sumergirse en el seno de la misma representación colectiva que la aliena” (Cros, 1997: 9).

Entre sus diferentes manifestaciones concretas, la cultura deja de ser una idea abstracta y se muestra en el mundo. Cros menciona como tres a estas manifestaciones concretas: 1 – el lenguaje y las diversas prácticas discursivas; 2 – un conjunto de instituciones y prácticas sociales; 3 – su particular manera de reproducirse en los sujetos, conservando, sin embargo, idénticas formas en cada cultura (Cros, 1997: 10).

Asimismo, reflexiona sobre la cultura y sus funciones en la sociedad. Establece que la cultura funciona como una memoria colectiva que sirve de referencia y, por consiguiente, es vivida oficialmente como guardiana de continuidad y garante de la fidelidad que el sujeto colectivo debe observar para con la imagen de sí mismo que de este modo recibe.

Menciona que su característica fundamental es ser específica, y que “solo existe en la medida en que se diferencia de las otras y sus límites vienen señalados por un sistema de indicios de diferenciación, cualesquiera que sean las divisiones y la tipología adoptadas” (Cros, 1997: 9). Es decir, funciona para guardar la continuidad y fidelidad del sujeto colectivo, así como para establecer límites y diferencias con otras culturas.

Por añadidura, Cros piensa que el sujeto asimila en mayor o menor medida su cultura, pero no es capaz de ejercer sobre ella, como ser individual, ningún tipo de acción. La cultura, según él, existe como bien simbólico precisamente porque es compartido colectivamente, y especifica lo anterior en  lo siguiente:

“Las divergencias que en este plano separan a un individuo de otro corresponden únicamente a variaciones de graduación en la apropiación de dicho bien, o, más exactamente, a una mayor o menor adecuación del individuo a los modelos de comportamiento y a los esquemas de pensamiento que le son propuestos. Esas divergencias reproducen sin duda, aunque con mayor o menor exactitud, las diferencias de clase…” (Cros, 1997: 10).

Es decir, Cros propone que las diferencias de clase vienen de la mayor o menor apropiación de cultura que alguno de estos grupos realice. Además, todos estos conceptos de cultura y su función los relaciona con el de sujeto cultural, el cual define de la siguiente manera:

“Con el fin de no ocultar su naturaleza fundamentalmente ideológica, yo concibo el sujeto cultural como una instancia que integra a todos los individuos de la misma colectividad: en efecto, su función objetiva es integrar a todos los individuos en un mismo conjunto al tiempo que los remite a sus respectivas posiciones de clase, en la medida en que, como ya se ha dicho, cada una de esas clases sociales se apropia ese bien colectivo de maneras diversas” (Cros, 1997: 10).

En cuanto a lo anterior, se contempla la relación entre cultura, clases sociales y sujeto cultural expuestas por Cros en su estudio. Relaciona su teoría con las propuestas de Althusser sobre la ideología, en cuanto a que lo ideológico me convoca como sujeto y al hacerlo me fuerza a emerger con esta forma (Althusser citado por Cros, 1997: 11); considera que el sujeto cultural es el agente de esta alienación. En suma, trata de plantear la cuestión del advenimiento del sujeto y de sus alienación por un ya aquí ideológico, inscrito tanto en las prácticas sociales e institucionales como en el lenguaje.

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Benveniste habla de imágenes inconscientes perceptibles en todas las representaciones gráficas; es decir, no solo en los sueño de los cuales hablaba Freud, sino también en representaciones colectivas y populares, como el folclor, los mitos, las leyendas, los refranes, los proverbios y los juegos de palabras, entre otros. Según Cros, “estas ‘imágenes inconsciente’, descritas aquí como herencia y sedimentación transhistóricas, pertenecen al material regido por la instancia que yo llamo sujeto cultural…” (1997: 13). Al sujeto cultural, relacionado con lo anterior, se le ve actuar por medio del texto cultural, que según Cros “se trata de un esquema narrativo de natura doxológica en la medida en que corresponde a un modelo infinitamente retransmitido, el cual, como consecuencia, se presenta como un bien colectivo cuyas marcas de identificación originales han desaparecido” (Cros, 1997: 25). En otras palabras, el sujeto cultural aliena a las personas por un ya ideológico, y el texto cultural contribuye a difuminar este sujeto ideológico.

Resulta importante recalcar el hecho de que los sujetos se encuentran obligados a sumergirse en la misma cultura, y que estos no pueden elegir si la aceptan o no. Además, muchas veces no se dan cuenta de los múltiples mecanismos mediante los cuales el sujeto cultural los aliena. Cros habla de esto en la siguiente cita:

“El sujeto cultural transcribe en ellas (concreciones sociodiscursivas) las particularidades de su inserción socioeconómica y sociocultural así como la evolución de los valores que marcan su horizonte cultural, sin que la transcripción de estos elementos provoque en el sujeto que habla ni una toma de conciencia ni un proceso de represión” (Cros, 1997: 14).

Es decir, el sujeto no es consciente de su proceso de alienación por parte del sujeto cultural; he aquí por lo cual Cros llama a este sujeto del no-consciente.

Terminando, y tratando de hilar esto con el concepto de cultura e identidad, vale recalcar el concepto de sujeto cultural y sus mecanismos. Según Cros:

“Tras la máscara de la subjetividad se ve entonces operar al discurso del sujeto cultural. Ahora bien, ese sujeto cultural, de naturaleza doxológica, legisla, dicta pautas de conducta, designa paradigmas, recuerda verdades basadas en la experiencia o en la fe. De este modo desarrolla una estrategia discursiva radical para la eliminación del sujeto del deseo” (1997: 17).

Por consiguiente, el sujeto se encuentra atado a una manera de contemplar al mundo. La única manera que le queda al sujeto para manifestarse es por medio de su modelo cultural: “El sujeto no se identifica con el modelo cultural, al contrario; es ese modelo cultural lo que lo que le hace emerger como sujeto. Al sujeto no le queda más salida que identificarse cada vez más con los diferentes lugar-tenientes que lo presentifican en su discurso” (Cros, 1997: 18).

Mitos tropicales y La isla que somos: semejanzas y diferencias

Desde el comienzo de su artículo, Oreamuno empieza describiendo lo negro del ambiente en Costa Rica, que mueve a su pueblo a la quietud y abulia. La autora dice:

“Dos son los cargos que con caracteres de enfermedad nacional, sí merecen un estudio serio: la ausencia casi absoluta de espíritu de lucha, y la deliberada indiferencia  hacia cualquier peligroso valor  que en un momento dado  conmueva o pueda conmover nuestro quietismo […] El espíritu antiagresivo se manifiesta en un miedo campesino a lo grande y en un gusto esporádico por lo pequeño; la deliberada ignorancia actúa con un simple procedimiento eIiminativo, no de los  malos para dejar al eficiente, sino de los peligrosos eficientes para dejar al apócrifo e inofensivo.” (Oreamuno, 1938).

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Dicho esto, critica cómo a Costa Rica le llegó la independencia sin ningún tipo de lucha, además de que responsabiliza al ambiente cálido y tropical del país de cosechar en su pueblo gente con poco iniciativa, conformista, quien nunca ha tenido que luchar contra las adversidades y rudezas de un clima tosca y hostil. Ella dice: “Esta no necesidad de lucha trae como consecuencia, un deseo de no provocarla, de rehuirla. Preferimos no hacer frente: abstencionismo” (Oreamuno, 1938). Asimismo, menciona que los costarricenses son profesionales en el choteo, del cual dice que “es un arma blanca, ¡blanca como una camelia!, que se puede portar sin licencia y se puede esgrimir sin responsabilidad” (1938).

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En cuanto a los mitos tropicales, menciona tres: las mujeres bonitas, el color, y la demoperfectocracia. La mujeres son expuestas como bellezas exóticas, “…proliferándose en la imaginación del turista Kodak: bellas piernas, ojos negros; cuerpos morenos, bocas deliciosas…” (Oreamuno, 1938). Con respecto al color, se promueve la multiculturalidad de Costa Rica, la cual posee poblaciones afrocaribeñas e indígenas, bastante exóticas e interesante. Por último, la demoperfectocracia se puede observar en que el presidente de la República puede pasear por las calles de la ciudad y ser saludado por su gente. Desmintiendo estos mitos, Oreamuno dice que, en realidad, las mujeres sí son bellas; los afrocaribeños e indígenas existen, solo que los primeros se encuentran segregados en la costa atlántica, mientras que los segundos “viven en el interior de la República, no conservan ritos exóticos y, aunque algunos hablan dialecto, todos hablan español…” (1938). Y en cuanto a la demoperfectocracia, menciona que hay dos tipos:

La democracia activa, en movimiento, en evolución, y la democracia pasiva en la Carta Fundamental de la República. Nosotros tenemos la segunda. Hay asimismo dos formas de vivirla; una (para nosotros hasta la fecha en futuro), poniéndola en práctica con todo el mundo, sin distingos de categorías sociales, económicas o políticas, y la otra autoaplicada sin razonamiento. Vivimos la segunda y cantamos la primera en el Himno Nacional. Con el agravante que frecuentemente procedemos como si viviéramos en una democracia efectiva, actuando con la libertad que esto significa y cuando tal hacemos, recibimos una discreta llamada de atención que nos pone a dudar de la Carta Fundamental de la República (Oreamuno, 1938).

Por último, critica la falta de solidaridad del pueblo costarricense, al decir: “Actuamos para nosotros mismos y muy a menudo no tenemos ni la primaria idea simplista de la projimidad; falta de cohesión, nexo sufrido y trabajado; falta colectividad” (Oreamuno, 1938). Además, considera que se estima en demasía el talento local, ya que los costarricenses creen que están en el centro del mundo, y los demás asuntos de otros países le resultan ajenos a sí mismos; relacionado con el talento local, Oreamuno menciona lo siguiente:

“Sería inofensivo, si no le faltase, como antes anotara, el simplista sentido de projimidad y si no adoleciera de la falta de considerar nuestro mundillo, nuestra política y nuestra economía, centros aislados del resto del universo, entidades aparte flotantes en el éter, y si no llevara su virus hasta contaminar esa política, ese mundo y esa economía que empequeñece” (Oreamuno, 1938).

Por otra parte, en cuanto al discurso de Azofeifa, él comienza su artículo con una descripción de Costa Rica y la dominancia del Valle Central:

“El nombre del país es paradojal, pues su vida no está en las costas, que las tiene en ambos océanos. Y estas costas son las más pobres y abandonadas. […] La vida de Costa Rica se concentra y se desarrolla en el encierro de un valle intermontano o Meseta Central, nombre con que está bautizado en las geografías escolares” (Azofeifa, 1971: 1).

Asimismo, se puede establecer una semejanza entre la primacía ‘blanca vallecentralista’ expuesta por Oreamuno con los comentarios de Azofeifa, ya que las culturas indígenas y afrocaribeñas sí existen en el país, pero quedan relegadas u omitidas por parte del costarricense vallecentralista:

“Más de la mitad de la población del país vive encerrado en el refugio amable de la Meseta. Cuando el costarricense habla de su tierra está pensando en la que va del volcán Irazú a los cerros del Aguacate; del volcán Poás a los cerros de Bustamante. Aquí, junto con la capital del país, a sólo 15 ó 20 kilómetros las demás, se agrupan las de cuatro provincias. Las tres restantes, periféricas, no cuentan” (Azofeifa, 1971: 1).

Además, la poca iniciativa y abulia descrita por Oreamuno también es mencionada por Azofeifa, cuando describe a los costarricense en general: “Campesinos, en fin, con un miedo esencial a la aventura de las ideas y a la aventura del progreso” (Azofeifa, 1971: 1). El espíritu antiagresivo, el miedo por lo grande y la conformidad por lo pequeño van de la mano con el miedo a la aventura de ideas y progreso. Así también, se puede establecer una relación entre lo nocivo del ambiente, descrito al inicio del artículo de Oreamuno, con las palabras de Azofeifa cuando dice lo siguiente sobre el paisaje costarricense: “…establece para el goce de la mirada y la calma de la sensibilidad, el color verde-azul del paisaje, que enerva y adormece como un aroma venenoso” (Azofeifa, 1971: 1). Igualmente, así como Oreamuno menciona que el carácter antiagresivo del costarricense puede justificarse como una falta de lucha por la independencia, Azofeifa comenta algo parecido, cuando dice: “vive aquí un pueblo que no ha sido ni miserable ni inmensamente rico; ni guerrero ni sumiso; ni servil ni rebelde; ¡independiente sin guerra de independencia; liberado del coloniaje español por virtud de un oficio llegado de Guatemala día de octubre de 1821” (Azofeifa, 1971: 2).

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Él menciona que los pocos héroes históricos costarricenses son fácilmente destruidos por su pueblo, u olvidados, que es algo parecido. Entre las personas que han contribuido a la construcción del país, añade que Juan Rafael Mora Porras, Rogelio Fernández Güell, Juan Santamaría, Braulio Carrillo, Mauro Fernández y Gregorio José Ramírez son poco recordados por el pueblo costarricense, además de que no se cuidan los monumentos erigidos a su favor. La descripción dada por Azofeifa de que que somos un pueblo que sufre de pueril satisfacción de sí mismo (1971: 3), se relaciona con la actitud de enaltecer el talento local descrita por Oreamuno, en donde sin preocuparse por el resto del mundo, el costarricense enaltece lo local de manera etnocéntrica, sin importarle lo que suceda en otras partes del planeta. De igual manera, Azofeifa hace una mención del choteo como arma esencial del costarricense, parecido a lo estipulado por Oreamuno:

“Le gusta la anarquía, la informalidad, el desorden, que confunde con la libertad. Por esto le carga el orden, la disciplina, la jerarquía. Cuando aparece uno de esos caracteres que ordenan, disciplinan, jerarquizan, lo admira, pero no lo imita. Por esto mismo confunde todos los valores o mejor, no le preocupa carecer de una escala de estos. Todo lo contrario, la mejor actitud es negarlos, decapitarlos con el choteo, con la risa mostrenca del resentido, del desconfiado, del tímido, del oscuro vengador de su propia incapacidad de grandeza. Por esto viene a ser su humor, broma pueril y burda o choteo. Ambas se juntan en aquel acto universitario de unos jóvenes introduciendo un caballo en la sala de clases, o haciendo explotar petardos en el local de la Facultad” (Azofeifa, 1971: 3).

Asimismo, la actitud poco solidaria del costarricense junto con la abulia descrita por Oreamuno también es criticada por parte de Azofeifa:

“Sólo pensar que nuestro empeño ha de servir mejor a nuestros descendientes que a nosotros mismos, nos desalienta, nos quita el ánimo. Buscamos el éxito rápido, seguro, pero sin esfuerzo, aunque nuestro provecho sea limitado: tenemos sicología de pulperos, se ha dicho. Pero el pulpero es generalmente también un campesino con santo horror al ingrato trabajo de la tierra” (Azofeifa, 1971: 3).

Continuando con lo mismo, Azofeifa establece la falta de solidaridad retomando la historia del país, ya que a causa de estar tan alejados de los centros económicos y políticos durante la colonia, cada persona trataba de sobrevivir por cuenta propia. De ahí, establece Azofeifa, la falta de solidaridad, el egoísmo y la mutilación del sentido social de existencia:

“En una palabra, aislamiento del país, extrema pobreza generalizada, que elimina los estamentos sociales; aislamiento de todos entre sí, metidos cada uno en su hacienda, en su casa, en miseria; y en consecuencia, abandono de todo interés por la vida colectiva, en comunidad: ni escuelas, ni calles, ni estímulos al trabajo individual ni menos al colectivo, ni interés por la suerte de la ciudad, del grupo. Nada más allá de mi casa, mi hacienda, mi familia” (Azofeifa, 1971: 5)

Él creé que esta pobreza generalizada, que le imponía tanto al pobre campesino como al gobernador sembrar y cosechar su propia comida, causó en los costarricenses una evolución que los identificó a todos en el mismo nivel de miseria. Continúa diciendo que de la miseria material, viene la miseria cultural. Más adelante, describe los mecanismos del régimen caduco conservador para pelear con las nuevas ideas liberales, y les atribuye estos mecanismos a la idiosincrasia costarricense, de no ser directos en el enfrentamiento de ideas y siempre esquivos: “Claro que el método más comúnmente puesto en práctica por los próceres fieles al régimen caído era el de la intriga y el cabildeo. La intriga y el cabildeo, mas no el enfrentamiento claro de doctrinas, sigue siendo costumbre inveterada del costarricense” (Azofeifa, 1971: 6).

En cuanto a la educación, desde inicios del siglo XIX hubo una preocupación por difundirla adecuadamente; tanto el Bachiller Rafael Rafael Osejo como el primer Jefe de Estado, Juan Rafael Mora Fernández, se preocuparon por fomentar la educación en el país, para todas las clases sociales por igual:

“Y así fue como este país vio asociarse milagrosa y dramáticamente, a la idea democrática, y al sentimiento de la libertad, la doctrina de la educación para todos. No arrastraba el país el fardo y fárrago de una tradición cultural asociada al dominio de una clase. La escuela fue de esta manera pensada de una vez como escuela de todos, para todos, sin distinciones, sin discriminaciones por razón del nacimiento ola fortuna” (Azofeifa, 1971: 6).

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Además, para crear un Estado en el siglo XIX se necesitaba personas que tuvieran las competencias intelectuales para ello; de ahí que se fomentara el estudio del derecho y las leyes. Sin embargo, Azofeifa realiza una crítica hacia esto, cuando dice lo siguiente: “De este principio viene el estilo memorialesco de nuestra cultura, su formalismo jurídico y nuestra expresión hasta hoy en manos de abogados, leguleyos y sofistas” (Azofeifa, 1971: 7). Dicho esto, se ve la importancia de la educación de los gobernadores, para establecer la oligarquía burguesa que mercaba con el café; pero Azofeifa, me parece, al llamar leguleyos y sofistas a muchos de los abogados actuales, trata de distinguir entre los abogados responsables y honrados de los falsos y engañadores, que buscan solo el provecho sin importarles las consecuencias funestas que puedan causar a los demás.

Por último, como crítica a las crisis del siglo XX, Azofeifa evidencia la ignorancia del pueblo costarricense, manipulado por los medios de comunicación al servicio del poder dominante. Al tratar de esconder los problemas y crear imágenes de bienestar social y económico, el poder dominante utiliza la ignorancia e ingenuidad del costarricense para hacerle ver que todo está bien:

“…como en ellos (medios de comunicación) se le trasmite una imagen a la medida de lo que el Gran Jefe le interesa que se conozca en este mundo de tercera clase y como ha sido educado para sentir que vive en un país sin problemas, que hay que mantener aislado de la locura del mundo, nuestro hombre sigue durmiendo tranquilo el sueño de sentirse inmune al desconcierto del siglo…” (Azofeifa, 1971: 9).

En fin, esta última cita se relaciona mucho con lo comentado por Oreamuno en cuanto al talento local, más específicamente cuando ella dice que uno de los graves vicios de los costarricenses es “la falta de considerar nuestro mundillo, nuestra política y nuestra economía, centros aislados del resto del universo, entidades aparte flotantes en el éter, y si no llevara su virus hasta contaminar esa política, ese mundo y esa economía que empequeñece” (Oreamuno, 1938). Así las cosas, se pueden establecer muchas semejanzas entre el discurso de ella con el de Azofeifa, donde se evidencia la falta de conexión del costarricense con el mundo exterior, y un etnocentrismo que alaba el talento local exageradamente, sin habilidad para la crítica.

En relación con el sujeto cultural

Ambos ensayos pueden ser contemplados como una crítica a los textos culturales costarricenses, en donde el sujeto cultural transcribe todas las ideologías y pensamientos propios de esta cultura en específico, para que los sujetos se apeguen a ese ya ideológico planteado por el sujeto cultural. Es decir, mediante los textos culturales se crea un estereotipo del costarricense, y se establecen las reglas, conductas, pensamientos, características y acciones propias de este. Un ejemplo: mediante la omisión del afrocaribeño o el indígena, el sujeto cultural esconde o desvaloriza estas alteridades de la cultura ‘vallecentralista’. Se exhiben de vez en cuando como atracciones exóticas, como lo dice Oreamuno, pero otras veces se eliminan completamente del discurso, como lo propone Azofeifa.

Este ya ideológico propuesto por el sujeto cultural, el cual a todos los demás sujetos les toca asumir y arraigar para poder manifestarse como sujetos, es lo que cuestionan Azofeifa y Oreamuno. La antiagresividad, o la falta de iniciativa y la abulia, la falta de solidaridad y el egoísmo, la enaltación a la mediocridad, el miedo a lo grande o a lo nuevo, todos estos aspectos son ideológicamente impuestos por el sujeto cultural; los autores de los ensayos lo ponen en evidencia, como aspectos negativos y poco contributivos al desarrollo óptimo del costarricense.

El cabildeo y la intriga como mecanismo ‘serrucha-pisos’ y la abundancia y propagación de leguleyos y sofistas, propuestos por Azofeifa, muestran una cara de este sujeto cultural y de cómo absorbe a los sujetos no-conscientes, los cuales caen bajo estas conductas y las reproducen sin cuestionarlas en absoluto. Igualmente sucede con el choteo, tanto descrito como actividad profesional por parte de Oreamuno como respuesta hacia los compromisos serios y trabajos diligentes propuesta por Azofeifa.

En fin, el sujeto cultural costarricense integra a todos los individuos dentro de la misma colectividad; les da una identidad que proviene de una serie de ideologías, las cuales promueve por medio de los diversos textos culturales. Tanto Oreamuno como Azofeifa ponen en evidencia las características de los costarricenses, difundidas por el sujeto cultural. Logran establecer conductas viciosas, compartidas por todos los miembros de la colectividad, sin ser ellos conscientes de estas ni tener la capacidad para cuestionarlas y criticarlas; es más cómodo seguir con la corriente y mostrarse indiferente.

El ya ideológico propuesto por el sujeto cultural es infundido en los sujetos de la misma colectividad; ellos no son conscientes de está inserción automática en la serie de paradigmas, leyes y pautas a seguir. Así las cosas, los costarricenses adquieren estas costumbres propias de su cultura; el lado positivo es que escritores como Oreamuno y Azofeifa son capaces de problematizar al respecto, con el fin de crear un espacio de reflexión en el costarricense.

Bibliografía

Azofeifa, Isaac Felipe. (1971). La isla que somos. Recuperado de http://ideascotidianas.files.wordpress.com/2011/10/azofeifa-la-isla-que-somos1.pdf [consultado el 23/11/13].

Cros, Edmond. (1997). El sujeto cultural. Sociocrítica y psicoanálisis. Buenos Aires, Argentina: Ediciones Corregidor.

Hidalgo Jiménez, Marcela. (2006). Sobre centros: «El ambiente tico y los mitos tropicales»
de Yolanda Oreamuno. Istmo, 2006. Recuperado de http://istmo.denison.edu/n12/articulos/index.html [consultado el 22/11/13].

Montero Rodríguez, Shirley Yorleny. (2008). El perfil de la autoimagen en la literatura costarricense y el discurso de la posmodernidad latinoamericana. Comunicación, 2008, agosto-diciembre, año/vol.17, número 002. Instituto Tecnológico de Costa Rica. pp. 5-19

Oreamuno, Yolanda. (1938). Mitos tropicales. Recuperado de https://huellasculturales11.wordpress.com/temas-de-debate/204-2/ [consultado el 23/11/13].

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